A qué hora vienes a ser feliz conmigo.

Pasan las horas y en todas tu nombre va colgado en mis latidos. Se deshace el tiempo, se forman recuerdos, instantes que se desvanecen y solo queda este anhelo inquebrantable, este deseo constante de estar cerca de ti, este Amor que me inunda. Dime tú que llevas todas las estrellas en el brillo de los ojos, acaso no es esta noche una de tantas que te he deseado conmigo, si bien lo saben tus labios que me extrañan tanto como yo a los tuyos. Quisiera romper el reloj, arrancarle las manecillas, cortar en pequeños trozos cada segundo hasta que por fin llegues a mis brazos. Que la luna sea mi cómplice, mírala y que te diga que te amo porque para amarte no necesito perderte ni sentir que me arden en la piel los kilómetros cuando te extraño, me basta con mirarte y saber que eres tú, mi todo. Algún día volverás, será el viento el que te traiga a casa, a mis brazos que son tuyos y entonces moriré de dicha. Mátame a besos y no me sueltes que es contigo donde quiero vivir todas las páginas que me queden. Ven y quédate libre a mi lado, ven y déjate amar como jamás nadie te ha amado. Voy a enamorar al destino, en una de esas me deja amanecer en tu ojos que se han convertido en el sol de todos mis días. No estamos tan lejos si tú me piensas y yo te sueño, porque soñarte es el primer paso para poder besarte. Cómo  habría de olvidarte cuando tengo el corazón tatuado con tus besos, a ti, te pienso inevitablemente porque te has quedado en los más profundo de mi pecho para siempre. Eres camino y cielo, a ratos te recorro en mi mente y otras veces vuelo cuando me besa tu recuerdo. Uno no debería andar por el mundo guardando tantos instantes sin vivir y contigo los quiero vivir todos, porque te amo, pero también te quiero a centímetros de mis labios. No hay distancia que sea más grande que mis ganas de estar a tu lado, ni tiempo que me borre este anhelo de construir un infinito de momentos inolvidables contigo. Y ahora que ya sabes que te amo, que te sueño, que te pienso y que te anhelo, dime, a qué hora vienes a ser feliz con esta mujer que por Amor te está esperando.


tiempo2_Nik

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Ventanas abiertas

Pensaba en los momentos que nos faltan por vivir y hace un rato mirando ese molesto reloj de pared que hace ruido como avisándome que va lento me preguntaba, cuánto falta para que llegues y me abraces.

También en esas horas donde todo se ve azul, sentada en el jardín, levanté la vista y miraba las nubes, suspirando y callada pensé que quisiera ser una de vez en cuando, para visitarte y tener la dicha de tus ojos en mí por lo menos un segundo.

Me pregunto si el sol sabe que te extraño, pareciera saberlo porque siente que tengo frío, porque me abraza aunque no quiera porque son tus brazos lo único que quiero. Disfrutaba el aroma a esperanza en mi café recién hecho por la mañana cuando escuché una puerta que azotó el viento, creo que era la de mi recámara y se me escurrió una lágrima porque me habría gustado que fueras tú quien la cerrara.

Me gusta dejar las ventanas abiertas como si al hacerlo dejara entrar un poco de luz y calma a mis ojos que te esperan, a mi vida que te ama. Y entonces esa es la respuesta, amor, cuando me preguntas qué pienso de nosotros, eso, amor, que te amo, que te extraño y que me haces falta.

Selena-Gómez_desnuda

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Entre cuatro paredes.

Cómo resistirse a la tentación de besarte con la voz coqueta que tienes, me he preguntado eso tantas veces, pero lo inevitable y lo justo llega en su momento, por eso, me vas a tener que disculpar por las mordidas porque tu sonrisa se ha vuelto mi vicio. Entre la charla del día me decías que estabas al fin en casa después de un larga y pesada jornada de trabajo, que nada más que mis labios tendrían el poder de levantarte del sofá donde estabas recostado.

A veces me dan tantas ganas de arrancarte de los días difíciles con un abrazo que lo menos que pude hacer fue acompañarte con una sonrisa seguida de un te quiero, aunque para ser honesta, egoístas mis deseos te querían cerca de mí para cansarte haciéndote el Amor y entonces dejarte descansar después de haberte hecho mío.

Se me vino a la mente la idea de ir a visitarte, mis manos inquietas solo pensaban en ir a tocar tu puerta a esas horas así que la tentación de besarte me hizo caer en la locura de verte. En el camino me seguías contando de tu día, de lo estresante que había sido todo y de las ganas que tenías de abrazarme y tú sin saber que estaba a unos minutos de cumplirte lo que deseabas. Llamé a tu puerta y dijiste que regresabas en un momento cuando al abrirla a tus ojos se les notó en el brillo la sorpresa, sé que no me esperabas, te dije mientras te abrazaba; sonreíste y sin soltarme no supe a qué hora ya estaba dentro de tu casa.

Te extrañaba, susurré en tu oído después de un beso. Mi intención no era levantarte del sofá así que ven que solo he venido a robarte un minuto para darte las buenas noches antes de ir a soñarte, te dije mientras te llevaba de la mano al sofá y te sentaste. Me quedé parada por unos segundos, mirándote ahí y mi boca que adora consentirte ya me pedía volver a besarte así que me senté en tus piernas, mis dedos entre tus cabellos jugaban a hacerte olvidar el desánimo del día y mis labios que no saben disimular sus anhelos ya te comían a ratos de forma dulce, otras mordiendo, chupando, jalando y saboreando ese par de exquisitos labios que tienes.

Tendría que ser de piedra para poder ocultar que te deseo, que te quiero y que te he extrañado como loca y más últimamente que el trabajo te absorbe y es poco el tiempo que te veo. Me separé del placer de tener tu sonrisa entre mis labios muy a mi pesar y te dije que me iba, que no quería quitarte el sueño ni robarle horas a tus descanso mientras me paraba y tus manos que dispuestas estaban a no dejarme ir subieron lentamente por mis piernas y debajo de mi falda.

Sabes que amo tus manos y la forma en que me tocas, mientras subían pensé que deberías ser tú quien mordiera mi labio y no yo quien no pude evitar hacerlo al sentirte acariciándome, inquietándome y provocando que volviera al inicio cerca de tu pecho sentada frente a ti, buscando en la miel de tu boca la calma de esa tormenta que entre mis piernas se estaba desatando.

Como todo buen beso que te despega los pies del suelo y la ropa del cuerpo, mi blusa estaba por desprenderse casi por completo. Las mariposas y los latidos son míos, pero eres tú quien los provoca así como el temblor que me sacudía la vida en aquel sofá. Nada más de saber que tienes manos de músico a mí me dan ganas de ser tu melodía y tu instrumento.

Es probable que afuera de tu casa la temperatura estuviera baja, pero era seguro que adentro tú y yo ya éramos en ese momento la mecha y el fuego, volcán e incendio. La próxima vez que me beses, procura tener mis manos atadas porque no creo que las puedas tener de otra forma quietas.

Mis manos curiosas que les gusta explorar a su antojo ya te habían arrancado la camisa y mi boca ansiosa en tu cuello te desataban en el pantalón un infierno, bajando y subiendo de tus labios al pecho sentí que tu corazón acelerado me pedía que no me detuviera en el camino.

Me paré frente a ti y me quité la falda, dejándola caer al piso en tu mirada te pusiste de pie y no perdí la oportunidad de enterrarte las uñas un poco en la espalda mientras me mordías los labios ahogando un grito que pedía que me llevaras a la cama. El lunar en el lado izquierdo de mi pecho ardía por sentir tu lengua, tu mordida, la pasión de tus labios y tú que sabes llevarme a la luna con un beso me chupabas, me lamías la vida, apretabas como queriendo acariciar mis latidos con la boca y tus dedos.

Nada desordena más el mundo de alguien más que unas manos que saben encender pasiones, gemidos y agitar mareas. Una de mis manos la dejé en tu espalda y la otra silenciosa bajó a buscar en tu pantalón mis deseos, te desabroché la cordura sintiéndote firme, demandante y dispuesto a lo que fuera. Mi mano que iba y venía apretando un poco, trayéndote hacia mí y alejándote para desesperarte no paraba de gritarte lo que mi boca ansiaba hacerte.

Me miraste y al oído me dijiste, te deseo mientras tus dedos se entretenían entre mis labios húmedos que suplicaban por ti y con las malas intenciones de hacerte arder al sentirte entre mi piel te dije, serás tú quien le suplique a mis ojos cuando me tengas de rodillas, empecé a pasear mi lengua en tu hombro mordiéndolo un poco cada vez que tallabas, frotabas y hacías que tus dedos me prendieran en llamas.

Mi respiración entrecortada te avisó que ya no eran horas de estar fuera de casa sino dentro de mí, la cama estaba muy lejos aunque en realidad era solo a unos pasos, pero el sofá que estaba más cerca nos invitaba a terminar lo que habíamos empezado, me abrazaste por la espalda y besando mi cuello me llevaste hasta allá, antes de dejar que te acomodaras en él, te abracé y te mordí la barbilla y ahí de rodillas fui dibujando un camino de besos desde arriba hasta donde tu infierno me esperaba.

Me gusta la idea de enloquecerte hasta desesperarte porque nada es más placentero que la tortura de sentir el castigo del deseo en la piel antes de recibir lo que se espera tan ansiosamente, así que dejé que mi lengua jugara un rato en tu vientre de un lado a otro, de arriba hacia abajo y hasta donde nacen tus piernas. Mirándote a los ojos te dejé que vieras cómo mi boca te atrapaba, te chupaba y te mojaba quemándote de ganas.

Tú no te imaginas el remolino de emociones que causas en mí, me incendias, me encantas y me pones loca. Te escuché gemir y separé de ti la locura de mi boca un poco después, me puse de pie y te di la espalda, sé que te detuviste a mirarme y quizás pensaste que soy una maleducada por hacerlo pero no te quejaste más que placenteramente cuando tus ojos me vieron acomodarme encima de ti, desnuda y con el fuego que quema a una mujer que pide sentirse fundida en lo que tanto desea y con tus manos aferradas a mis caderas empecé a gemir.

El vaivén y los gemidos son míos, pero eres tú quien los provoca. Quizás no te lo dije más que gritando tu nombre, pero era una guerra placentera sentirte jalando mi cabello, arañando, mordiendo y besándome la espalda. Tu voz que tanto me gusta me decía entre jadeos que eras tú el dueño de mi infierno y yo que tanto disfruto ser tuya no paraba de moverme, de dejarte que te divirtieras con el lunar en mi pecho, con mi vientre que desgarrado en sus paredes por tenerte en lo profundo de mis deseos, te mojaba y te incendiaba hasta enloquecerte.

Tomaste mis piernas y las bajaste del sofá, me levantaste con cuidado y como quien se sabe dueño de algo me llevaste sin aviso a la pared de enfrente, sentí tu lengua recorrer la línea de mi espalda y a tus besos tatuarme un poema. Aferrado a mis caderas y sin piedad me invadiste, me habitabas y enloquecías saciando con el agua de entre mis piernas la sed de tus ganas.

Basta con un par de locos como tú y yo para hacer arder cualquier lugar, eso somos cuando nos hacemos el Amor, gimiendo, gozando, entregándonos en cuerpo y alma al ritmo de la pasión. Me tocabas como lo hace quien sabe de música, me apretabas como pidiendo que me quedara, que no me fuera hasta que fue inevitable contener el incendio y juntos llegamos a la calma.

Amo las locuras que hacemos cuando nadie nos mira, la caricia de tu voz y todo lo que causa tu encanto en esta mujer que muere un poco si te siento lejos de mi piel. Si hacerte el Amor y desearte como lo hago es un error, lo volvería a cometer una y mil veces como cuando nosotros al mismo tiempo tocamos el cielo, entre cuatro paredes.

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De tantas formas.

A veces te amo sin decirlo más que con la mirada, otras con la voz y la sonrisa que se asoma en mi cara.

A veces te amo a gritos gimiendo tu nombre al viento, otras con lágrimas en las noches desiertas donde la soledad me acompaña.

A veces te amo en secreto cuando soy cómplice de las locuras que hacemos, otras entregando lo que por ti siento en mis palabras.

Y es que a ti te amo de tantas formas, pero siempre lo hago con el corazón, con la piel y con el alma.

mujer enamorada

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Hasta que entendí…

Aprendí a amarte callada para no despertar tus miedos, para que no escuches que mi mirada te extraña.

No sabía de tiempos que parecen eternos hasta que sentí a tu ausencia abrazarme por la espalda mientras espero tu llegada.

Aprendí a mirarte de lejos para no inquietar tus latidos, para que no veas en mis ojos que me haces tanta falta.

No sabía de distancias que parecen dagas hasta que tu voz ausente levantó un muro de silencio entre tu pecho y mi alma.

Aprendí que intentar olvidarte en otros labios se parece a tratar de vivir sin agua.

No sabía de diferencias entre tu corazón y el mío hasta que entendí que el tuyo me quiere y el mío, te ama.

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Pudimos haber sido todo…

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Últimamente tu ausencia y el frío que me besa la piel, se han puesto de acuerdo para hacerme sentir que queda poco, casi nada de lo que solíamos ser. Tal vez tengan un amorío, es probable que sean cómplices para desdibujarle a cualquiera la alegría mientras descaradamente se ríen de ti, de mí y de lo que pudimos ser. Lo único que me arropaba para este invierno era una gota de esperanza, pero no ha sido suficiente y el tiempo inclemente junto con la distancia y el viento te han arrancado de mi mirada. El problema es que te has quedado aunque te hayas ido, aquí en mi alma, en cada lágrima que he sentido escurrirse con un te amo dentro, en tu lado de mi cama aunque nunca hayas estado pero muchas veces contigo haya dormido. Y es que no duele verte partir, lo que hiere es que cada vez que te vas te llevas un pedazo de mí.

Éramos tan posibles como inevitable era suspirar con cada letra, con tu acento o con mi voz hablándole a tu pecho de todo y nada para iluminarte los días y borrarte lo gris del mundo por lo menos por un segundo. Y ahora que miro al reloj de pared, he decidido quitarlo de ahí porque nada me da más frío que ver pasar el tiempo sin ti. También quemaré tu carta de despedida, porque se me agrieta el alma cuando la leo y más profunda se hace la herida.

Quién diría que tu nombre que era la sonrisa de mi vida, ahora al escucharlo es la nostalgia que se nota en mi voz callada, en mi mirada perdida, en el suspiro ahogado y melancólico por lo que ya no será. Podría culpar a los kilómetros, también al destino, pero no sería justo si bien sé que fue más la desesperanza, la impaciencia y la falta de fe lo que derrumbó el sueño de abrazarnos piel a piel. Podría reclamarte por sembrarme cada amanecer la posibilidad de un nosotros cuando al final fuiste tú quien arrancó el camino, pero más tengo que agradecerte por la lección que dejaste con tu adiós. A ti, jamás te llamaría error ni por orgullo, no después de tantas sonrisas.

Vas y vienes como las olas del mar, pero siempre te quedas aquí en mi pecho. Esta mañana volviste con tu risa de niño inquieto, con esa chispa a querer prenderle dulzura a cada locura que dices para hacerme reír. Se te escapó un “hubiera” en la conversación, que te hubiera gustado que lo nuestro floreciera en otro tiempo y tú allá sin notarlo no pudiste ver cómo se escapaban de mis ojos pedacitos líquidos de ti. Solo te he respondido que eres el sueño más bello que he tenido y del que ha sido difícil despertar, que ese lugar que fue tuyo nadie sabrá ocuparlo igual, que no importa con quién estés o con quién estaré, que te quiero y que saberte bien será parte de mi felicidad.

Pudimos haber sido todo, pero elegiste creer que éramos imposibles. Podrás ser pasado, pero estarás presente siempre como un recuerdo inolvidable, como cicatriz que al mirarla me traerá al corazón y a la mente que eres ese cielo inalcanzable al que algún día soñé con acariciar. Y ese boleto que se quedó en mi mano para volar a tu lado, lo guardaré, quizá con un poco de suerte y una pizca de fe en otra vida nos podamos encontrar.

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Nostalgia y añoranza de eso que me falta.

Perdóname si callo, si me ausento y me pierdo entre la noche, pero no sé explicarte qué me pasa. Perdóname si cierro los ojos y no te miro o si camino distraída en una nube sin escucharte, pero no sé explicarte qué tiene mi corazón.

Quizá sea la lluvia a quienes algunos llaman nostalgia y añoranza de eso que me hace falta, nostalgia de ti. Tal vez sea la luna que me acompaña en mis desvelos mientras me cuenta de las estrellas que tienen tus miradas a las que echo de menos.

Perdóname si me alejo y me encierro en un silencio, pero es que a veces se me hacen nudos en el alma cuando veo caminar hacia mí otro amanecer más sin ti. Perdóname si me escondo en un mutismo absurdo, pero no sé cómo decirte que te extraño, aunque en mis brazos nunca más que en mis sueños hayas estado.

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